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Sanar

Es muy común escuchar hoy en día que hay que sanar. Sanar nuestras heridas, sanar

traumas. Sanar a mi niñ@ interior, sanar mis relaciones. Se ha vuelto un término muy cotidiano.

 

¿Y qué significa realmente sanar?


Sanar, desde un punto de vista biológico, es cuando el cuerpo recupera su equilibrio, entra en homeóstasis y vuelve a funcionar de manera armónica. Si la piel se abre, si tiene una herida, primero formará una costra para volver a unificar el tejido, poco a poco irá sanando y finalmente quedará una cicatriz que podrá irse borrando o permanecer en el tiempo, pero la piel continuará con su función de forma armónica y equilibrada.


A nivel emocional es un poco distinto pues no hay un cuerpo que arreglar, es inmaterial. De

igual manera es un proceso que toma su tiempo. En la medida en que se hable, se exprese, se experimente la emoción que causó el dolor, en esa medida irá sanando la herida o lo que haya que sanar.

No se trata de olvidarlo, mucho menos de negarlo, todo lo contrario, se trata de permitimos

sentir lo que sea que se sienta, expresar la molestia, descargar las emociones, que pueden ser enojo, rabia, frustración, tristeza, etc. Aquello que haya causado dolor es necesario mirarlo y sentirlo.


Podemos decir que hemos sanado cuando podemos hablar del evento, relación o situación que nos causó el dolor sin perder la paz al expresarlo. Ya no sentimos el enojo que se quedó

guardado ni sentimos ganas de llorar al acordarnos. Estará completamente sanado cuando con toda serenidad y calma encontramos aquello que nos enseñó, lo que nos ayudó a crecer y la profunda transformación que generó en nosotros.


Todos tenemos dolores por sanar y lo más importante es que tengamos paciencia con nosotros mismos, pues sanar es un proceso por el que inevitablemente hay que pasar, pero una vez superado, habrá sido realmente valioso, pues la idea es

¡nunca dejar de crecer!

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